Démosle marcha a la noche
Mini‑escena para encender la fiesta
La pandilla está reunida en la puerta del local, cada uno con su estilazo setentero‑ochentero: pantalones imposibles, camisas abiertas, brillo en los ojos y cero vergüenza en el alma.
Doy un paso al frente, levanto el brazo como si fuera a invocar a los dioses del ritmo y suelto:
—¡Démosle marcha a la noche!
Y de repente… PUM. La bola de espejos se ilumina sola, el DJ se gira sorprendido, las luces empiezan a parpadear como si te obedecieran, y tus colegas gritan:
—¡QUE EMPIECE LA FIESTA, COÑO!
Entra el primer temazo. Paco hace su paso “cadera loca”, Marisa se transforma en un ventilador humano, Manolo intenta un giro que casi lo manda al suelo, y yo… yo me muevo como si la música me hubiera elegido sacerdotisa oficial.
La gente nos mira, se contagia, se une. La pista se convierte en un carnaval improvisado.Y yo entre risas, sudor y luces, pienso
“Ay madre… si es que cuando digo marcha, es marcha.”
Esto podría ser una tarde de esas en las que la pandilla nos reuníamos en la discoteca y la pista era nuestra terapia más vital, haciendo que las risas se convirtieran en una descarga de adrenalina donde todos éramos en ese instante libres y felices.